A primera vista, Silencio (2016) puede lucir como una rareza en el universo de Martin Scorsese, no solo por el contexto histórico y geográfico al que se entregó el director en esta ocasión, también lo es porque en la cinta no hay ni una edición trepidante ni alternancia de situaciones que exterioricen agitación: dos fórmulas con las que el director neoyorquino aglutinó millones de fanáticos con sus relatos sobre pandillas y antihéroes. Este proyecto, que le tomó 25 años concretar, debe ser una de las mejores y más obsesivas piezas de su carrera, acaso la más interesante que ha filmado desde la ya lejana adaptación de La Edad de la Inocencia (1993) de Edith Wharton. Tanto aquella vez, como ahora con el relato del japonés Shusaku Endo, Scorsese lleva a su terreno la idea misma de la simulación, a partir de capas que se suman sobre los protagonistas y también sobre la cinta misma. Desconcertante para quienes solo van en busca de la “marca” Scorsese.

“La última cinta de Scorsese no solo sintetiza sus quimeras personales sino que las amplía hacia un más allá como en sus obras maestras”

“Voy a llevarlos a donde todo era más lento”, decía el propio Scorsese en un documental sobre lo que osó, tal vez, pensar Stanley Kubrick cuando presentó en 1968 a la acelerada generación de la contracultura y hipismo el amanecer del hombre en 2001, Una Odisea Espacial. Aquella frase calza perfecta con las intenciones de Silencio, que se contraponen en apariencia al frenético reportaje de las andanzas de Jordan Belfort en El lobo de Wall Street (2013), esa especie de Henry Hill del club bursátil.

Llama la atención que Silencio haya sido recibida con bastante indiferencia incluso por los más fieles seguidores de su director, sobre todo porque debe ser lo más cercano a una obra testamentaria ofrecida por un cineasta canónico, no tanto por los signos exteriores o apabullantes de su estilo, sino por la intrigante y cósmica percepción de la realidad a la que llegó con ellos. La última cinta de Scorsese no solo sintetiza sus quimeras personales sino que las amplía hacia un más allá como en sus obras maestras.

Foto: Paramount Pictures, SharpSword Films, and AI Films

Tras esa recopilación y casi autoparodia en El lobo de Wall Street, Scorsese impone en Silencio el ascetismo. Con esa desnudez nos pone a la vista al jesuita Rodrigues, sacerdote portugués que junto a su hermano de orden Garupe llegan como el tardío relevo en una misión que parece fallida o suicida. Scorsese filma dicha misión con  maestría y madurez. Lo que podría ser el preludio de una narración épica se decanta por la tónica más bien de un filme de cámara con la fuerte presencia del paisaje costero de Japón, imitado muy bien en Taiwán. Rodrigues se asigna a sí mismo la tarea de saber qué pasó con su admirado mentor Ferreira y de paso continuar con la evangelización en un período en el que el cristianismo ha sido proscrito y en el que sus ministros han sido exterminados. Rodrigues se propone ser un salvador en tierra pagana. Es decir, sueña con su propia trascendencia.

“En Silencio no se impone la alteración de una tónica más bien meditativa. La intensidad de su tratamiento atípico surge de la sugerencia de ese combate espiritual incubándose en los tiempos de espera. Su protagonista es más víctima que propiciador de las circunstancias”

He ahí el punto central, la base conceptual sobre la que se desarrolla la película. Nuevamente Scorsese pone en escena a un personaje a punto de pasar por una prueba de dimensiones bíblicas. Imagina el lugar que le corresponde en el mundo o en los libros de historia solo para que el universo (acaso dios mismo) empiece a desmontar esas aspiraciones frente a sus ojos o desde adentro de sus contenidas pulsiones. Es el silencio, ese que alienta la duda y la tentación de la rebelión, la pelea contra un destino asignado por una voluntad ajena, el pecado mayor según su mirada católica. Al magnificar ese diseño de casi todos los personajes scorsesianos —desde el J.R. de ¿Quién está tocando a mi puerta? (1967) al Jordan Belfort de El lobo de Wall Street, pasando por Travis Bickle de Taxi Driver (1976)— Silencio sigue la misma esencia y se hermana particularmente con La Última Tentación de Cristo (1988). En cierta forma, se trata de la versión terrenal y depurada de aquella pasión.

Como el abogado Newland Archer de La Edad de la Inocencia, Rodrigues refleja en su rostro y sus gestos tanta amabilidad como la violencia que esconde. Se imagina el Cristo pintado por El Greco y asume una postura firme y paciente, como túnica y capirote, con la cual deben verlo los integrantes de su rebaño. A contraposición de Garupe, decidido más a cumplir alguna acción, el personaje de Rodrigues se presenta como pasivo y ceñido a cumplir su misión. En Silencio no se impone la alteración de una tónica más bien meditativa. La intensidad de su tratamiento atípico surge de la sugerencia de ese combate espiritual incubándose en los tiempos de espera. Su protagonista es más víctima que propiciador de las circunstancias. Perdido en la traducción y en la sutil, pero muy expresiva, opresión que ejercen esos escenarios naturales no manipulados.

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Como ya lo hicieron otras notables películas asiáticas a las que también rinde homenaje, Scorsese filma el desarrollo de esa crisis espiritual como corolario de un gran conflicto cultural. La secta reducida y conducida por su líder conflictuado es sometida cada cierto tiempo a la seña o leitmotiv de la película: el trance de la apostasía, que a su vez multiplica como un salón de los espejos el reflejo de ese disfraz. Los creyentes deben aparentar no serlo y los que no lo son tratan de convencerse a sí mismos que lo son para luego traicionar su juramento repetidamente. Ese lado fascinante de Silencio tampoco es filmado con la agitación habitual del cineasta, más bien se manifiesta de forma reposada y sabia. De ahí surgen imágenes tan líricas y a la vez terribles como la de la crucifixión acuática o los combates de Rodrigues con su conciencia, pasando por sus cuarenta días y cuarenta noches encerrado y mortificado por el murmullo de pájaros e insectos —los mismos que asaltaban a Cristo— prometiendo dulce añoranza del sacrificio y la salvación tanto como el horror de ahogarse en sus falsas pretensiones.

Andrew Garfield compone muy bien a este Rodrigues doliente, pero la dimensión insidiosa del vía crucis de su personaje no llega a su cenit sino hasta que surge ese combate final de ideas con su maestro y torturador mayor (formidable Liam Neeson). Acaso la representación final de las fantasías religiosas de Scorsese se da aquí ya no entre Cristo y las llamas del maligno. Se trata del combate entre el idealista y el renegado que promete una vida alterna dulce y tranquila. Solo en todo este tramo, Scorsese se permite desatar la apariencia alucinatoria de imágenes pasadas: proyectando sobre su personaje ese infierno personal con rojos encendidos, los mismos que envolvían a construcciones anteriores como la conciencia de su derrota y la consecución de su sacrificio. El apóstata mayor conduce la ceremonia de iniciación de su pupilo en el largo trayecto de la alienación, pero en su caso no puede admitirse una segunda oportunidad. Un triunfo que en la percepción moral y eclesiástica de Scorsese solo podía concederle al elegido cuando adaptó a Nikos Katzanzakis en La última tentación de Cristo.

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En uno de los mejores textos sobre la obra de Scorsese, el chileno Ascanio Cavallo ponía en duda que el director de Taxi Driver o de Buenos Muchachos (1990)  le otorgue una redención final a sus ovejas descarriadas, más bien —señala— estas terminan llevando el estigma de Caín en la frente solo para mirar con resignación hacia atrás, el momento en el que nada era lento, en el que todo se vivía con la euforia y embriaguez. El camino de Rodrigues no es distinto, pero si tal vez mucho más doloroso que otras creaturas scorsesianas. A pesar de ese plano final que podría justificar a Silencio como una oda a la evangelización y resistencia cristianas, todo su trayecto es el del hombre que se creyó Cristo pero resultó solo siendo un Judas. Peor aún: un Judas culposo seguido y precedido por Ferreira y Kichijiro, hermanos en ese dolor de ser espectadores eternos de las reales expiaciones, que nunca se atrevieron a consumar. Silencio es apasionante porque hasta la apariencia triunfal de la cruz es tan ambigua como cada gesto estudiado y falsificado por sus personajes.