No hace mucho, le preguntaron al escritor inglés Martin Amis, experto en incomodar a sus lectores, cómo se enfrentaba a una historia tan delicada de tratar como el de su última novela, La zona de interés, (a saber: el nazismo de los campos de concentración revisitado como reflexión satírica con un romance de por medio que le supuso críticas y rechazos de sus editoriales habituales) y dijo: la evocación del horror no consiste en escribir sobre el horror, sino en transferirlo a algo normal.

Lo normal convertido en historia de terror. Algo de esa premisa está en los doce cuentos del libro de Mariana Enríquez, Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016): un libro de terror, sí, pero un terror que se desplaza entre lo doméstico, que discurre en lo familiar; y un terror argentino también, en el sentido que en el eje temporal aparece la atmósfera de posviolencia que dejó la dictadura militar de los años setenta, desaparecidos mediante, pero también está el ambiente de la crisis económica en el gobierno de Alfonsín, el menemismo, hasta el aire de protesta social contra el feminicidio de Ni Una Menos. Una historia argentina contemporánea en clave de terror, con sus monstruos domésticos.

Enríquez nació en Buenos Aires en 1973, cuando la dictadura militar comandada por Jorge Rafael Videla llevaba ya tres años de iniciada. “Una dictadura de las más sangrientas aunque la sangre no era algo que se viera, sino que la figura de la muerte era el desaparecido, era el cuerpo sustraído que no está. Eso es muy fantasmal ¿no?”, dijo Enríquez entrevistada por la página peruana Lee por gusto. Y añadió: “la experiencia de Argentina era una experiencia de silencio, sin cuerpo, sin sangre, sin detonaciones, con enfrentamientos aislados de los que ni te enterabas, era realmente terrorífico, era como vivir en una casa embrujada donde pasaban cosas detrás de las paredes a las que nunca ibas a llegar, creo que eso me marcó muchísimo en cuanto al tipo de obsesiones que después afloran en la ficción”.

“La evocación del horror no consiste en escribir sobre el horror, sino en transferirlo a algo normal”.

Ya la habíamos leído en el breve volumen de relatos Cuando hablábamos con los muertos (Montacerdos ediciones, 2013), donde también están presentes sus temas recurrentes: desaparecidos que se comunican con niñas que juegan a la ouija: “nos contaban dónde habían estado secuestrados, y ahí se quedaban, no nos podían decir si los habían matado ahí, o si los llevaron a algún otro lugar, nada” (‘Cuando hablábamos con los muertos’); niños que desaparecen y que un día deciden volver a sus casas donde ya nada es como antes: “y después otro chico que desapareció a los 8 años apareció de 8 años a pesar de que faltaba hacía seis –así que debía tener 14, debía ser un adolescente y no un nenito” (‘Chicos que vuelven’). El terror de entrecasa en una Buenos Aires de fantasmagoría y decadencia, de crisis económica y caos politico. La autora además, como para que no queden dudas de sus filias literarias y periodísticas, publicó el libro de crónicas Alguien camina sobre tu tumba: mis viajes a cementerios (2014). Enríquez, que para el libro visitó el Presbítero Maestro de Lima, se autodenomina como una “catadora de cementerios”.

El epígrafe del poema/plegaria ‘Para el año de los locos’, de Anne Sexton con el que se abre el libro puede dar una pista de la ruta de los doce cuentos con los que se estremecerá el lector: “Estoy en mi propia mente. Estoy encerrada en la casa equivocada”.

En la casa equivocada también estaba Clara, la narradora sobreviviente del relato ‘La casa de Adela’: la historia de la niña de familia acomodada a la que le faltaba el brazo izquierdo y que junto con el hermano de Clara, Pablo, entran de chicos a una casa abandonada del barrio de Lanús, una casa que zumbaba “como un mosquito ronco”. Adela desaparece en la casa, mientras los dos hermanos logran salir en shock por lo que vieron dentro. “Nunca la encontraron. Ni viva ni muerta”. Años después Pablo se volvió loco y se suicidó. Clara regresará siempre al barrio, pero no se atreve a entrar a esa casa. Y tampoco puede salir de ella. “Todos los días pienso en Adela”, evoca.

Foto: Internet

Las mujeres que pueblan los relatos de Enríquez son las narradoras protagonistas de sus historias y tienen distinta índole. Está Marcela, la chica desequilibrada que en clase se arranca las uñas de las manos con los dientes y se corta las mejillas con una gillete. Está la muchacha obsesionada con una calavera, que encuentra en la calle, a la que bautiza como Vera y que se convierte en su mejor amiga. Luego del hallazgo, la muchacha deja a su novio que además, de no entender su nueva devoción, “está gordo” y empieza a a juguetear con la muerte cuando deja de comer y descubre “la belleza etérea de los huesos desnudos”. También está la pesadilla conyugal de una joven que decide liberarse de su marido: “Juan Martín no era violento, ni siquiera era celoso. Pero me repugnaba. ¿Cuántos años iba a pasar así, asqueada cuando lo escuchaba hablar, dolorida cuando teníamos sexo, silenciosa cuando él confesaba sus planes de tener un hijo y reformar la casa?”. La cofradía de mujeres que deciden prenderse fuego, aunque sin morir, para mostrar sus cuerpos calcinados como una espantosa manera de protestar contra la violencia de género y que se muestran así en supermercados, en taxis, en cafés, “con las horribles caras iluminadas por el sol de la tarde, con los dedos, a veces sin algunas falanges, sosteniendo la taza”, y la narradora, en un deseo tétrico, se pregunta: “¿Cuándo llegará el mundo ideal de hombres y monstruas?”.

“Está Marcela, la chica desequilibrada que en clase se arranca las uñas de las manos con los dientes y se corta las mejillas con una gillete”.

Dueña de una prosa clara, precisa, irónica, a veces coloquial, Enríquez ha escrito una docena de relatos macabros que le dan un nuevo aire al género y a su tradición al “latinoamericanizar mitos literarios universales”, como dice, hacia el realismo, a la historia reciente, una época de terror, qué duda cabe. Es lo que sucede en el relato ‘Bajo el agua negra’. Dos quinceañeros pobres de una villa miseria son interceptados por dos policías borrachos que los acusan de robo, los golpean hasta dejarlos inconscientes y luego los arrojan al Riachuelo, “quieto y muerto, con su aceite y sus restos de plástico y químicos pesados, el gran tacho de basura de la ciudad”. El olor podrido del Riachuelo inunda los caseríos miserables de la villa, sus aguas habían provocado ya mutaciones en una generación de niños, el agua negra sin vida del Riachuelo que rodeaba la capital se había convertido en el lugar de un culto de muertos y el cuerpo de Emanuel, uno de los quinceañeros, “despertó lo que dormía debajo del agua”. “De qué Dios estamos hablando es el problema”, dice el enloquecido sacerdote de la villa, mientras el cuerpo de un ídolo es paseado en procesión por una secta de perturbados tocando los tambores como una murga maléfica. Estamos todos muertos.