En un inicio un gigantesco gorila que habitaba la isla indonesa skull island -cuya formación rocosa recordaba un cráneo- compartía el espacio con dinosaurios y un conjunto de nativos. Estos antiguos nativos entregaban a una mujer como tributo al gigante simio, llamado Kong, aparentemente buscando protección. Años después, una comitiva llega de occidente a grabar una película en plena gran depresión económica. La protagonista de la cinta es secuestrada por los nativos, quienes la entregan al simio. El desenlace sigue la lógica que ofrece el capitalismo: Kong es capturado para una accidentada exhibición en Nueva York y en todo momento el aparente enamoramiento que el monstruo siente por la actriz atravesara toda la trama.

Contar una historia así hubiera sido imposible de llevar al cine sino fuera por la genialidad de Willis O’Brien y sus monstruos hechos en miniatura utilizados en la cinta dirigida, en 1933, por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack titulada King Kong.

Ambos directores estadounidenses estaban fascinados con los gorilas y con el descubrimiento de animales exóticos como el Dragón de Komodo. Incluso habían oído rumores sobre bestias que secuestraban a mujeres para llevárselas como peculiares parejas. A los europeos les había fascinado los hallazgos en sus zonas coloniales y estaban intrigados justamente por la presencia de bestias que eran mitad humanos mitad animales.

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Hay, incontrolablemente, en Kong una relación de las fantasía coloniales, de la junglas tropicales del tercer mundo, de sus nativos y del concepto opuesto a la civilización, del salvajismo y la sensualidad desenfrenada. A su vez, también conviven mitologías locales que recogen narraciones tipo La bella y la bestia donde “el otro”, el foráneo, es descrito como una fiera que busca socializarse en un mundo que lo condena. En el original guión de King Kong la relación de bella/bestia es solo aparente, puesto que la heroína está aterrada todo el tiempo (quizá por eso, Fray Wray, protagonista del film, sea recordada como un scream queen de Hollywood).

“Hay, incontrolablemente, en Kong una relación de las fantasía coloniales, de la junglas tropicales del tercer mundo, de sus nativos y del concepto opuesto a la civilización, del salvajismo y la sensualidad desenfrenada”.

Kong Skull Island recoge la idea pero la lleva a otra universo. La isla sigue llamándose Calavera, sigue siendo poblada por animales extraños y los nativos veneran a un gorila gigante llamado Kong. Pero este gorila no se enamora, eso sí: parece deprimido de ser el último de su especie y estar rodeado de enemigos naturales que parecen querer comérselo.

Si el Kong de 1933 hacia coincidir su trama con la época en la que fue filmada -un mundo entre guerras y descolonizacion- el Kong del 2017 vive el momento final de la guerra de Vietnam. Las pretensiones no pasan por construir personajes ni entender sus motivaciones, las que pasan a un segundo plano. El dejar de lado los personajes humanos, valga decir los no generados por la computadora, da como resultado un film que no tiene pretensiones de contar una historia sino de preparar el terreno para otras secuelas. En este sentido el film cumple con la pretensión del cine originalmente planteado por Meliés, una suerte de fantasía que por poco precio transporte al espectador a una feria, o en este caso a una montaña rusa, donde los gritos de la platea abundan como los personajes humanos repentinamente aplastados, devorados o carbonizados. El joven director Jordan Vogt-Roberts no se hace problemas en presentar la aventura como un videojuego, o una juguetería enorme, donde en cualquier momento hay sorpresas y horror.

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Si hay que dar mención a los personajes podríamos decir que se trata de una división bastante cruda entre un grupo de soldados americanos frescos de la guerra de Vietnam, comandado por Samuel Jackson, que en este caso aparece como un alto mando decepcionado del final de la guerra. Por su parte, el cine estadounidense sigue insistiendo en poner a los británicos como seres sumamente sofisticados y por así decirlo, “superiores” y más civilizados frente a la desastrosa troupe de soldados vencidos. De esta forma, Tom Hiddleston hace de un comando inglés, guía y única cabeza pensante del grupo. Es raro que los ingleses aún mantengan esa aura de perfección impecable en el cine hollywoodense.

Mención especial merece John C. Reilly quien encarna a una suerte de náufrago quien, junto con Kong, es el único personaje central que habita la isla antes de la llegada de los helicópteros. Reilly combina la comedia del hombre alterado, la filosofía de quien ha tenido mucho tiempo para meditar y el humor de quien sabe que vivir en una isla llena de seres antediluvianos es lo mismo que estar muerto en vida. Es un actor que no teme hacer papeles secundarios y los hace con una vitalidad mayor que la de cualquier otro actor o monstruo en la película.

John C. Reilly.  Foto: vulture.com

Este grupo y sus helicópteros es uno de los muchos homenajes estéticos que le hace la película a la obra de arte de Ford Coppola, Apocalipsis Now (como lo hace también Rogue One), con claros guiños a la inspiración literaria de la misma, El corazón de las tinieblas de Conrad. Pero ambos homenajes se quedan en algunas escenas (que esta vez cuentan con efectos que Coppola no tenía y con los permisos entonces imposibles de filmar en Vietnam). En ningún momento, la cinta complejiza los conflictos internos de quienes tienen que cruzar una jungla que los llevará al encuentro de una muerte segura. Una pena que Apocalypsis Now sea copiada solo en su hermoso contenido externo.

La película entonces se centra en prepararnos para una situación cíclica en el cine actual, y que la Universal ha titulado Monsterverse (en contraste con otro de sus ciclos, Universal Monsters que consistirá en reboots de La Momia, El hombre invisible, El hombre lobo, Van Helsing, entre otros). Aparte de sorprendernos por la consabida falta de creatividad y novedad, podemos decir que los monstruos son la forma cultural más repetida para mostrarnos nuestro miedo al caos. El cambio climático y el terrorismo global nos han hecho volver a esta pléyade que deslumbró a quienes antes iban a verlos también al cine, llenos de miedo por los nazis, los comunistas o por la bomba nuclear.

King Kong captó la atención de los estudios japonés Toho que había deslumbrado al mundo con la saga de Godzilla, moraleja anti nuclear dirigida por el hábil Ishiro Honda. En 1962, Toho consiguió los derechos para enfrentar a los dos monstruos en una película mas entrañable que buena.

“El cambio climático y el terrorismo global nos han hecho volver a esta pléyade (de monstruos) que deslumbró a quienes antes iban a verlos también al cine, llenos de miedo por los nazis, los comunistas o por la bomba nuclear.”

A diferencia del artístico y sofisticado trabajo del gran Willis O’Brien, Toho no tenia presupuesto sino para hacer el efecto especial de un hombre en un sofocante traje de hule. Si bien la imperfección era notoria, no lo era tanto la capacidad de los técnicos japoneses para lograr mundos coloridos de fantasía que generen realidades. Especialmente la primera Godzilla (1954), a la que Steven Spielberg calificaba como su película favorito de dinosaurios, pues decía que le hacía sentir que los que ocurría era real.

En este sentido, Kong: Skull Island nos actualiza y prepara con un Kong diez veces más grande, es decir, un monstruo ideal para hacerle frente al lagarto de Toho, cuyos derechos ya fueron pagados e incluso ya estrenado con un remakedirigido por Gareth Edwards, en el 2014. También lo vemos caminando como humano, erguido y hábil, como alguien ataviado con un disfraz. Solo que esta vez, el disfraz ha sido reemplazado con los famosos efectos especiales a los que estamos tan acostumbrados.

Si buscamos saborear el pop corn y escapar a otra realidad, estas películas serán un excelente escape y tomarán la posta a las narraciones que los viejos hacían a la luz de las fogatas sobre aquellos tiempos en los que convivíamos con dragones y gigantes.