Año 2003, el campeonato de fútbol peruano había comenzado en medio de reclamos, clubes con enormes deudas en la SUNAT y jugadores peleando por sueldos atrasados. Yo estaba por terminar mis estudios de periodismo y ya trabajaba en un canal deportivo que comenzaba a transmitir todos los partidos que podía, por más aburridos que fueran. A pesar de todo, yo vivía mi momento tranquilo, viendo mucho fútbol y aprendiendo cosas que nunca vi en la Universidad.

Una tarde sin mucho trabajo, encerrado en la isla de edición, me busca un amigo del trabajo que también era una especie de jefe de prensa del club Sport Boys del Callao.

—Marco, te va a llamar Jorge, le dejé tu número.

—¿Cuál Jorge?

—Sampaoli, pues. No sé qué quiere, pero creo que necesita videos de partidos pasados. Tú coordina con él.

—Ya, que me llame nomás.

Jorge Sampaoli era el entrenador del Boys, un equipo con tradición, seis veces campeón; pero que, como ahora que está en segunda, siempre convive con el caos. Claro que lo conocía, había llegado el año anterior al Perú para dirigir al Juan Aurich de Chiclayo. Como mi trabajo era grabar y editar fútbol, supuse que el argentino me buscaba para hacerle algún favor de ese tipo. Pasaron pocos días y Sampaoli me llamó:

—Hola, Marco.

—(Reconocí su voz al toque) ¡Ah! Hola.

—Un amigo de tu canal me dio tu celular, soy Jorge Sampaoli. Te llamaba porque necesito conseguir dos grabaciones del fin de semana que pasó: nuestro partido y el de nuestro siguiente rival. Son cosas que me van a servir mucho para analizar y trabajar con los chicos, tú me entiendes.

—¡Eh! Claro, Jorge. Mira yo te puedo conseguir esos videos, pero tú sabes que son cosas que están prohibidas acá, así que tengo que arriesgarme un poco.

—¿Cuánto me vas a cobrar?

—Ya, dame ochenta soles por ambos.

—¡Eh! Mira, Marco, te soy sincero, como tú sabes, el club no tiene presupuesto para estas cosas así que las tengo que asumir yo, pero tampoco tengo ese dinero para pagarte.

“¡Puta madre! ¡Ni más recibo llamadas de entrenadores misios!”, pensé en ese momento. Luego me acordé del cariño que le tengo al Boys, porque fue el primer equipo que yo vi jugar en un estadio cuando era niño. También concluí que simplemente podía ser paja conocer un poco del trabajo de un DT extranjero en nuestro país. Todo eso lo aluciné en pocos segundos.

—Ya, mira, Jorge, solo te voy a cobrar quince soles por cada video, ¿ok?

—¡Oh! ¡Te lo agradezco, Marco!

—De nada, te llamo cuando los tenga.

De los treinta soles que me iba a pagar, por lo menos tenía que invertir la mitad en comprar un par de casetes de VHS. Sin dudas, debe ser uno de los peores negocios que he hecho en mi vida. Para colmo, ponía en riesgo mi estabilidad laboral. Lo raro era que me sentía muy tranquilo; en el fondo, quería ayudarlo.

—¿Aló? Jorge, soy Marco, ya tengo los videos. Puedes venir a recogerlos a mi chamba a las 3 p.m.

—Perfecto, yo mismo te buscaré.

—Ya, me esperas en el parque que está al frente, para no hacer roche.

Ok, dale.

En la foto: Jair Iglesias, Santiago “Cafú” Salazar y el argentino Cristian “Kity” Jeandet (El Bocón).

Llegué minutos antes de la hora indicada y me senté en una banca a revisar mis mensajes de texto mientras lo esperaba. Tipo 3:15 p.m., apareció: chato, con buzo oscuro y gorra, estaba un poco agitado, parecía que venía del estadio después de haber dirigido.

—Marco, te agradezco mucho. Allá, en Argentina, cada vez son más los entrenadores que utilizan este tipo de material. Creo que el video está marcando una buena diferencia entre el entrenador moderno y el antiguo. Me gustaría que no sea la última vez que me ayudas de esta manera.

Sus palabras me revelaron dos cosas: acababa de conocer a un entrenador distinto y no sé si estaba dispuesto a seguir consiguiéndole más videos, plata no iba a ganar, definitivamente.

—Mira, Jorge. Como te comenté, estas cosas implican riesgos en el trabajo, en este momento no te puedo asegurar nada. Llámame ni bien necesites otros partidos y vemos, ¿Ok?

En total habrán sido unos diez minutos de diálogo, el DT se fue caminando hacia la avenida. Caballero, me cayó bien. Como no había almorzado, me fui a gastar mi ridícula ganancia en el chifa de la vuelta del canal.

Pasaron tres semanas y Sampaoli me volvió a llamar. El pedido fue el mismo, el dinero también. Una vez más, acepté. Debo confesar que durante ese año, fueron varias las veces que recibí una llamada suya para hacerle esos “trabajitos”. Cuando él no venía a recoger los videos, mandaba a Martín Bressan, su preparador físico, otro argentino buena onda. Cada vez que podía, y ya en algo de confianza, le hacía preguntas de fútbol, me interesaba saber qué opinaba sobre otros partidos, jugadas polémicas, chibolos con proyección, recuerdo que cuando hablábamos de fútbol argentino, le sorprendía que supiera muchos nombres de equipos caletas, jugadores y encuentros de la década de los noventa. Recuerdo incluso haberle dado un par de consejos para mejorar el juego del Sport Boys, como sintiéndome parte de su comando técnico. Sus respuestas siempre eran breves pero suficientes para darse cuenta de lo obsesionado y enfermo que estaba por el fútbol.

En los últimos meses del 2003, una huelga de la agremiación de futbolistas no permitió culminar el torneo profesional. La increíble hazaña de Cienciano del Cusco en la Copa Sudamericana hizo olvidar esa vergüenza. De la mano de Jorge Sampaoli, el Boys hizo una buena campaña hasta donde se pudo. Hacia mediados de noviembre, recibí su última llamada.

—Marco, querido, esta vez no te voy a pedir nada, solo quiero verte para agradecerte por todo.

Nos vimos un par de días después, me dijo que viajaba a Argentina para pasar las fiestas de fin de año con su familia y que no sabía si iba a regresar al Perú, porque ya no dirigiría al Sport Boys el próximo año. Al final me agradeció con un fuerte abrazo por toda la chamba que le había hecho y me regaló una camiseta rosada que conservo hasta hoy.

Camiseta del Sport Boys del Callo, 2003. Catorce años después, Sampaoli es el DT de la selección de Argentina.