La rebelión de las máquinas fue una de esas películas que vi a los trece, tal vez doce años, en una madrugada sin heroísmo. El argumento parecía simple: un cometa pasa cerca de la Tierra, dando vida a todos los aparatos eléctricos del planeta y convirtiéndolos en máquinas de matar. Pero un grupo de personas logra resistir refugiándose en una estación de gasolina. Debo haber visto cientos de películas como esa en aquella época. Persecuciones, crímenes casi perfectos, robots espaciales asesinos, muertos que vuelven a la vida, historias apocalípticas y un tanto inverosímiles contadas sin demasiadas pretensiones, sin ánimo de romper con todo y menos aún de cambiar las reglas del cine. El arte de contar una historia es el arte de saber cómo seguir contándola. Incluso a chicos de doce años.

Siempre he pensado que la música de Él mató a un policía motorizado sería la perfecta banda sonora para esas películas de amanecida. Con dos discos a cuestas (El mató a un policía motorizado, 2004; La dinastía Scorpio, 2012) y varios EP, la banda supo hacerse un lugar en el panorama de la música independiente en esta parte del orbe. Un puñado de canciones que  aparentemente no tienen demasiadas pretensiones, quizá solo el placer de reunirse algunas tardes o noches con los amigos a hacer música. Esa virtud no es común, más aún si algunas veces haces pasar lo complejo por simple. De cualquier forma, los detractores de la banda siempre señalaron una cierta redundancia en el sonido de estos buenos muchachos de La Plata. Pero en un mundo en que Morrissey ha sabido presentar la misma canción durante años, es probable que esto deba preocuparnos, más bien, poco. Lo cierto es que las canciones de Él mató… están ahí, con sus guitarras desafiantes, haciéndonos mover la cabeza de un lado a otro.

Cinco años después de su último disco, la banda edita La Síntesis O’Konor. Y lo primero que puede pensarse al oírlo es que se trata de un disco de ruptura y sobre rupturas. Aunque la frase sea un poco efectista y tal vez solo se trate de la evolución natural de un grupo que ha caminado, durante los últimos años, al filo de su propio sonido y una apuesta por reinventarse, por expandir su universo referencial.

Desde el primer corte, “El tesoro”, otro ánimo se nota en la banda de La Plata. Un mayor cuidado en la producción del disco, un sonido más pulcro con la voz de Santiago Motorizado más cercana que nunca. Los sintetizadores, por su parte, han ocupado el protagonismo que antes le estaban reservadas a las guitarras y dan a todo el disco un aliento que, a mí por lo menos,  se me antoja muy de la década de los ochenta. El arco argumental de las canciones también ha cambiado. Los guiones apocalípticos para serie B le ceden el paso a un tono enteramente confesional. Canciones sobre la derrota y la redención, construidas con la versatilidad ambigua del drama.  Todo el disco suena a como si la banda hubiera descubierto el amor y el desamor en toda su intensidad. Y se dedicara a explorar, en diez canciones, sus distintas vicisitudes. El tema no es novedad en la música, como sabrán. Pero el arte de contar historias es el arte de saber cómo seguir contándolas. Incluso si sobrevives a una ruptura.

Escuchando este disco no pude dejar de recordar otros memorables discos sobre rupturas: el Ladies and gentlemen we’re floating in space de Spiritualized (1997) y el For Emma, forever ago de Bon Iver (2007). Y, por supuesto, las historias detrás de ellos. Es como si cada diez años alguien se encargara de recordarnos que todo, invariablemente, siempre acaba. Y que la música tal vez es la mejor forma de rearmarse, dejar de mirarse los zapatos y volver a empezar. De la derrota es de donde viene la fuerza. Entonces uno empieza a creer lo que dice “Fuego”, la última canción de La Síntesis O’Konor y mi favorita de todo el disco: “Perdóname / Ahora soy mejor / te juro soy mejor”.