Este año es un año especial para Carlos Germán Belli. Cumple nada menos que 90 años. El enorme poeta peruano es miembro de la ilustre Generación del 50 que cuenta con poetas de la talla de Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela, Francisco Bendezú, Alejandro Romualdo, Washington Delgado, Leopoldo Chariarse, Juan Gonzalo Rose o Pablo Guevara. Nominado este año al Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, nos recibió en su casa de Surquillo donde vive junto a su esposa. Nos confesó que hace mucho no escribe poesía y que utiliza la tecnología (aquella que profetizó en Oh Hada cibernética!), entre otras cosas, para comunicarse con su hija por Skype.

Por: Martín Paredes y Miguel Sánchez Flores

¿Qué recuerdos de sus primeros años en Ámsterdam?

Era muy pequeño en realidad. Estuve entre los 4 y 6 años. Recuerdo el jardín de infancia en Ámsterdam, mi primer centro de estudios. Y el viaje con mis padres.

¿En qué circunstancias se realiza el viaje?

A mi padre lo nombraron cónsul en Ámsterdam. Viajamos la familia, yo y mi hermano Alfonso, paralítico.

¿Eso pasa antes de la guerra?

Antes de la Segunda Guerra, en efecto. Eso fue del 32 al 34 más o menos. Nos quedamos casi dos años. Yo era muy pequeño en realidad.

De regreso en Lima estudia en el colegio Raimondi.

Era un colegio cercano a mi casa en Santa Beatriz.

Ahí vivieron todos los intelectuales de su generación.

Al único que lo vi de vista, que era un poco mayor que yo, era al pintor Szyszlo. Javier Sologuren llegó un año después. De oídas escuchaba de Blanca Varela, de las hermanas Varela, quienes vivían a dos cuadras de mi casa. También estaban en el colegio italiano.

En su autobiografía, Szyszlo dice que toda la intelectualidad peruana de los cincuenta vivía en cinco manzanas de Santa Beatriz: Salazar Bondy, Westphalen, usted, Eielson…

¿Habla de mí, también? Era un barrio nuevo, en realidad. De clase media.

¿Dónde vivía exactamente?

En una esquina, estaba la farmacia de mis padres, una farmacia pequeña. Nosotros vivíamos en la parte posterior.

¿Su madre era farmacéutica?

Mi madre era farmacéutica, mi padre no estudió en la universidad pero preparaba recetas con mucho interés, con mucha destreza. La farmacia se llamaba Cooperativa.

Usted entra al Raimondi.

Yo hice toda mi instrucción allí. Incluso el jardín de infancia, lo repetí allí, que ya lo había hecho en Ámsterdam.

¿En el colegio tuvo alguna vinculación con la poesía, con la literatura italiana?

Recuerdo que asistía a la Biblioteca Nacional, como lector. A veces no iba al colegio por ir a la Biblioteca. En realidad, mi vínculo con la literatura durante el colegio era el mismo que tenían los otros muchachos.

En su familia sí había intereses artísticos.

Mi padre tenía afición por la pintura, sus cuadros están allí (señala una de las paredes de su sala), los conservo con mucho cariño. Era pintor aficionado. Luego estaba la presencia de mi abuelo italiano, a quien no conocí, pero que estaba muy interesado en la cultura Nazca. Eso se prolongó en uno de mis tíos, Próspero, que siguió los estudios de su padre, mi abuelo. De ahí viene el interés por el Perú, pero específicamente de Nazca. Solamente me interesaba Nazca, que estaba presente en la casa, en la familia. En el caso de mi abuelo era la cerámica, los huacos. Él elucubró toda una teoría: que América venía de la India, a través de una interpretación de los huacos.

¿Qué tal estudiante era en el colegio?

Fíjese, yo me considero un buen estudiante hasta tercero de media. En tercero de media descubro la poesía, mi interés por la poesía aflora, ahí sí me vuelvo un mal estudiante. Pero en el principio sacaba medallas, buena conducta, aprovechamiento, hasta tercero de media que descubro la poesía, el arte.

¿Qué poetas descubre?

De muchacho me interesaba Rubén Darío. Hasta ahora, evidentemente. Eguren, Vallejo. Baudelaire.

¿Qué pensaban sus padres?

Mis padres conocían el mundo de las artes. Lo veían con mucha preocupación. Mi madre, interesada en la poesía, veía con preocupación que asumiera la poesía, la literatura de forma absoluta.

¿Usted se escapaba a la Biblioteca Nacional o le decía a sus padres que se iba allí en lugar del colegio?

No, yo me escapaba.

Qué curioso que sea en su caso la importancia de la biblioteca pública en ese tiempo. La biblioteca pública lo ha acompañado en ciudades como Nueva York, ha sido lector de la biblioteca de la Calle 42.

Yo me considero ante todo, un lector de biblioteca pública, en realidad. Lo de Nueva York es cierto, he ido a leer ahí, no con la frecuencia con la que iba a la Biblioteca Nacional, pero iba a la biblioteca de la Calle 42.

Usted publica su primer poemario en el 58, a los 30 años. ¿Qué pasaba en el tiempo entre que se escapaba del colegio y el primer poemario, esta etapa de adolescente, de juventud?

Comencé a escribir en el 46. Terminé el colegio en el 45. Aunque en tercero, cuarto de media ya escribía algunas cosas.

¿Qué poemas escribía en esa época?

Algunos poemas medidos que están en el primer poemario. Otros de verso libre. En mi primer libro están los poemas que no destruí. Destruí muchos.

¿Se los mostraba a alguien? ¿Tenía cómo saber si eran buenos o malos ? ¿Tenía algún lector?

Alguna vez a Leopoldo Chariarse, en el colegio. A nadie más.

¿Entra primero a la Católica o a San Marcos?

Creo que a San Marcos, de ahí me paso a la Católica. Mi interés en San Marcos era por los colegas escritores y mi interés en la Católica era por el rigor de los estudios.

¿Quiénes forman parte de su generación en San Marcos?

Romualdo, Guevara, Bendezú, Washington Delgado, y en la Católica estaba Chariarse. A Sologuren lo conozco después. Sologuren me dejó su casa en Chaclacayo, cuando viajó a Suecia. Me fui con todos, con mi hermano, con mis hijas.

Sobre estos primeros poemas:¿cuáles eran sus criterios de validación?

En esa época lo que yo tenía era incertidumbre. Si seguía, o no, escribiendo. A la luz de ello, destruía mis textos. Y algunos sobrevivían.

¿Pero por qué la incertidumbre?

Mis padres se oponían. Mis padres querían que fuera abogado, marino…

¿Había cierto temor quizá?

Cierto temor, sí. Aunque él [su padre] era un artista en realidad. Mi madre interesada en la poesía, sus cuadernos de poesía los heredé yo. Ahí comencé a leer a Darío, a Leopardi. Pero había esa preocupación. Era lógico, en un hogar donde el segundo hermano era paralítico y el mayor interesado en una cosa…

Esa es una preocupación de siempre para un padre, que sus hijos sean artistas y que no les vaya bien. ¿Qué haría usted si un hijo o un nieto le dice quiero ser poeta?

(Risas) Me quedo preocupado. Yo tuve dos hijas. Ninguna de las dos salió inclinada al arte. Bueno, eran arquitectas. Pero hasta ahí nomás.

Sus padres se oponían…

Como poeta, como escritor, no, no. Ellos querían que sea un profesional. Yo estudié letras, literatura. Yo entiendo la preocupación de mis padres, por mi segundo hermano. Ellos querían que yo velara por mi hermano. Y lo hice, evidentemente.

Foto: Andina

La vida de un poeta en el Perú nunca ha sido fácil. Todos han necesitado trabajos alimenticios. Ese es uno de los temas que aparecen en su poesía: el amanuense, el empleado público. ¿Cómo escribía, en qué momentos lo hacía?

En la Biblioteca Nacional escribí algunos poemas, o en mi trabajo. El poema El Amanuense lo escribí en mi oficina del Congreso. Algunos poemas los he escrito ahí, a hurtadillas, a escondidas de los compañeros de trabajo o de los jefes.

¿En qué consistía su trabajo de amanuense en el Congreso?

Escribía en máquina de escribir. Copiaba los pedidos de los senadores, orales o escritos. La tarea de uno era mandarlos a los diversos ministerios. Trabajé ahí 22 años.

Justamente sobre los espacios de la escritura usted decía que lo hacía a hurtadillas, ¿usted hubiera querido dedicarse por completo a la poesía?

Era consciente de que tenía que hacer otras tareas, otros oficios. Evidentemente, no hubiera sido tan torpe. Y de ahí mi preocupación, mi angustia, de trabajar en el Senado como empleado público y mi interés personal por las artes. Recuerdo que ya el 46 tenía mucha gravitación Martín Adán. Se hablaba mucho de él. Era el gran poeta del Perú. Mi interés era por Moro, por Westphalen. Por poetas más bien vinculados a la modernidad, al surrealismo.

¿Usted los frecuentaba?

No, en realidad a Westphalen lo visité un día pidiéndole poemas de Moro que no conocía. Y él muy buena gente me prestó libros. Una vez creo que me llamó por teléfono y habló con mi madre (risas) y ella se quedó asombrada. Parece un sacerdote, tu amigo, me dijo.

Retomando la pregunta sobre los grupos, usted sentía que pertenecía a un grupo, se frecuentaba en espacios comunes con los poetas de la generación del 50 o no necesariamente…

Tenía ciertos amigos afines, a Chariarse lo conocía desde el colegio. Pero en el fondo me sentía un solitario. Un tipo solitario. No formaba parte de ningún grupo.

Su generación era una suma de grandes individualidades.

Tiene usted razón. No integrábamos un grupo coherente. Coincidimos en el tiempo.

¿Había una diferencia entre los que practicaban una poesía pura y los de poesía social? ¿Usted dónde se ubicaba?

Yo no me sentía un poeta puro. Pero algunos de mis poemas más antologados son sociales. Había esa pugna entre los poetas sociales, comprometidos políticamente, y los poetas puros, como Westphalen, Eielson, Varela. A ellos, no les interesaba la política.

¿Nunca le interesó algún partido político?

Nunca. Pero como le digo, con el tiempo mis poemas más reputados son de tipo social. Amanuense es un poema de tipo social en el fondo.

¿Eso parte porque en sus poemas se reflejan  preocupaciones personales de esa época?

Es muy probable. Eran preocupaciones que tenía yo en ese momento. Yo me considero un poeta puro. Lo que me interesaba era la forma del poema. De ahí mis lecturas de los poetas españoles del siglo XVI y XVII.

Mencionaba estas influencias de Eguren y Vallejo. Quizá también esta dialéctica, esta tensión entre la forma en Eguren y la preocupación social en Vallejo, que son dos de sus tradiciones.

A Vallejo lo comencé a leer en el colegio. A Eguren lo descubrí más adelante, en casa de Sologuren.

Pero también Eguren como personaje que encarnaba la poesía. ¿Le interesaba él como poeta en tanto una forma de vida?

Como una forma de vida y como poeta también. Ambas, vida y obra. Admiraba mucho en él su entrega total a la poesía.

Su primer poemario, Poemas, contiene mucha de su obra que empezó a escribir desde el 45. Es un poemario que recoge diez años de vida, de escritura.

Es una colección de poemas de diversos años e intereses estéticos. Yo lo veo como poemas que han sobrevivido a diversas podas que perpetré por esos años.

¿Esos intereses estéticos de los que habla han permanecido, se han transformado en el tiempo?

Se han ido transformando con el tiempo. Me interesó, andando el tiempo, el surrealismo, siempre la poesía barroca, renacentista, antigua.

Siempre me ha intrigado en su poesía esa mezcla entre la libertad del surrealismo y a la vez el orden por la forma. ¿Cómo se mueve entre esos dos mundos?

Me muevo con un interés personal por la poesía antigua como tabla de salvación. Y lo moderno: el surrealismo, el letrismo. Los resultados no los sé yo, sino el crítico, el lector.

¿Tenía una relación conflictiva con la palabra escrita?

No lo sé si lo asumía de modo feliz o en medio de preocupaciones. Alguna vez, me interesó la elaboración de los collages, no la pintura sino los collages, pero siempre he trabajado con la palabra, el uso de la palabra juntaba lo antiguo con lo moderno.

Usted optó por las formas clásicas (sextina, verso endecasílabo) como una manera de llegar a la poesía.

Creo que esta preocupación que he tenido por el verso medido y el poema en forma cerrada se debe a mis preocupaciones personales. Yo siempre me he sentido un hablante de segunda categoría y he practicado poemas de confección muy difícil por eso.

¿A qué se refiere con hablante de segunda categoría? 

Al hablante hispanoamericano, al de esta parte del mundo. Siempre he tenido esa preocupación, como la tuvo Gabriela Mistral. Felizmente superamos esas preocupaciones, justificadas o no.

¿Cómo toma los reconocimientos, las postulaciones, el reconocimiento internacional?

Como aliento, muy agradecido a las personas que se interesan en lo que escribo. Trato de seguir escribiendo aunque en verdad no escribo poemas hace mucho tiempo.

¿Por qué cree que no escribe hace tiempo?

No sé. No sé. Pero ahí estoy, siempre alerta, disponible a la escritura.

¿Cómo empieza un poema para usted?

Es un misterio en realidad, pero la verdad es que hace cierto tiempo que no escribo poesía.

¿Dispone del espacio y tiempo para le escritura? ¿Se prepara para ese momento?

No, no hago nada. No tengo papel en blanco, no tengo el lapicero en la mano. Solo no llega, es curioso. Creo que tiene que haber un terremoto en uno mismo. Seguramente me falta en este momento circunstancias en mi vida, circunstancias especiales.

Usted dijo: un terremoto.

En estos últimos años he tenido un terremoto con la muerte de mi hija y ni siquiera eso me ha motivado una escritura poética. Claro he escrito algunos poemas en recuerdo de ella, pero no un libro como debería de ser. Lamentablemente ustedes están entrevistando a un escritor que no escribe, ojalá que pronto vuelva a la hoja en blanco…

¿Existen expoetas?

No lo creo, lo digo en broma (risas).

La última: qué es la poesía.

El culto a la palabra bella, las bellas letras son la poesía y si es posible también la premonición. Es decir, el culto a la palabra bella como una facultad premonitoria .