¿Qué hay detrás del temor, que Tontolín, Cucharita y Zanahoria (por citar recordados payasos locales) y Ronald MacDonald, Krosty y el Joker, pueden generar en nosotros?  Vamos por partes entonces y desenmascaremos a estos pícaros de nariz roja.

Cuando en 1986, Stephen King, una suerte de rey midas de la literatura, escribió It (Eso) y se lo dedicó a sus hijos, no hizo sino recoger uno de los más peculiares temores que hemos tenido hacia los payasos, temores alimentados por su constante presencia en películas de terror. Temores de verlos aproximándose a nosotros cuando éramos niños en las fiestas infantiles y también llevados al extremo en Estados Unidos cuando, hace poco, hubo una fiebre de apariciones de payasos premunidos de cuchillos en los otrora tranquilos suburbios americanos.  También un temor alimentado por uno de los más crueles asesinos en serie en la reciente historia, John Wayne Gacy Jr, quien en la década del setenta torturó y asesinó a más de treinta adolescentes en Chicago y  que en sus ratos libres hacia  labores caricativas  disfrazado del payaso Pogo, personaje de su propia creación.

Occidente como gran cultura tiene miedo de lo que no puede definir y de lo que no puede controlar.  Todo tiene que ser entendible y los cuerpos deben ser compactos o sino serán catalogados de anti estéticos. Los mensajes deben ser frontales o sino serán catalogados de ilegibles.  Por ejemplo, un  cuerpo que derrama su propia sustancia genera rechazo, lo que el cuerpo segrega da asco o miedo para los occidentales (exceptuando, curiosamente, las lágrimas).

Este horror por la ambigüedad hace que sea terrorífico en la narrativa cinematográfica descubrir que una entidad maligna encuentre casa en cuerpos que son tan tiernos como misteriosos. Como, por ejemplo, en los muñecos tipo Anabelle, Chucky, en los consabidos payasos y por supuesto en la gran cantidad de niños poseídos o particularmente malvados que pueblan las películas de miedo.  Esas indefiniciones permiten que lo que no entendemos, o no logramos encajar en nuestro imaginario, nos incomode y que incluso se nos haga difícil nombrarlo, como en el caso de la novela de King, “Eso”.

No es extraño, entonces, que los payasos modernos den miedo pues con sus caras color hueso, sus labios exageradamente agrandados por el maquillaje y los ojos que mantienen su tamaño pero remarcan sus deformaciones, también se nos presentan como  una metáfora andante de la exageración de la expresividad humana y el cerebro usualmente tarda en deletrear las intenciones de facciones tan distintas e intensas.

Así de exagerado lo concibió el artista británico Joseph Grimaldi (1778 –1837) quien cambió para siempre la idea del teatro pantomímico en Londres, dejando de lado los arlequines y la idea del comediante que solo hace reír por la torpeza de su actuar.  Grimaldi entendió al payaso como un actor que podía burlarse de la alta sociedad británica.  Así como la antropología ha estudiado los casos de los jueces en tribus nativas africanas que usan mascaras para denotar que son entidades distintas a las humanas, por lo tanto, capaces de juzgar, Grimaldi, diseñó a su “crítico burlón” con la cara totalmente pintada de blanco y los ojos y bocas bien delineados, dando origen al payaso como lo conocemos hoy en día: extrahumano, impredecible, “mágico”.

Esto nos lleva a pensar otra característica de Occidente: la que se ha igualado al nivel cero de normalidad, eso a lo que llamamos seriedad. Es así que lo burlón y gracioso, aparece como lo extraordinario y subversivo, y vaya que lo es, si vemos como Shakespeare se valía del bufón para hablar de tú a tú con el rey y, en la actualidad, cuando observamos que la caricatura política parece ser el único formato que sobrevive las más feroces censuras.

El antropólogo Paul Radin, en un extenso análisis de la mitología Navajo, se vale de la noción del trickster como un personaje lúdico, al que podríamos calificarlo de carnaval encarnado.  El trickster es un personaje recurrente en distintas mitologías y narraciones cuya vocación por el caos y el tormento de los otros se da solo por placer. Así el coyote, en las narraciones navajo, en un afán de molestar a los dioses, roba el fuego trayéndolo a la tierra en una suerte de versión de un Prometeo con final feliz.  Y es así como personajes pequeños, o aparentemente débiles, terminan invirtiendo el mundo y dando a los antropólogos una oportunidad de entender a la sociedad del trickster por oposición. Esto en la medida que generalmente dicho personaje representa el opuesto a la estructura deseada.  Así pues, un payaso asesino que sonríe y baila, rompe estructuras y, por oposición, nos interpela y muestra qué es para nosotros lo normal y lo que nos deja tranquilos.

Este miedo, tan cinematográfico, al caos que se desata y que puede ser el desorden de la naturaleza, por ejemplo, es encarnado por Godzilla pisando una y otra vez Tokio, los inefables tiburones voladores que caen sobre las ciudades emblemáticas de Estados Unidos en Sharknado, o el anarquismo asesino y burlón del joker del Caballero oscuro.

Pocas cosas son tan universales como el miedo al caos. Dicho miedo ha llevado al ser humano a construir lo que denominamos cultura, es decir a mantener constante y desesperadamente un orden frente a un caos y a una destrucción mutua.  La investigación antropológica suele encontrar en la mayor parte de las mitologías la presencia de lo que se denomina “héroe cultural”, personaje llamado a restaurar el orden dentro del caos.  Y en el caso de Eso, esta responsabilidad no recae en un superhéroe sino en un conjunto de niños (lo que da novedad a la nueva versión de la película) que se hacen llamar los perdedores y que realmente lo son, ya que lo único que les quedaría es ganar, pero eso no lo sabremos. Lo que sí sabemos es que a lo largo de nuestro temprano crecimiento nos otorgaron, a través de la cultura el miedo al caos y supongamos, como tal vez suponga la película, que la única forma de enfrentarlo es a través del niño que todavía tiembla en nuestro interior.

Foto: Internet